Querida y amada Helen,
llegó anoche nuestra despedida, un momento que había intentado evitar.
Con tu permiso y sin él, te seguiré robando el nombre hasta que deje de identificarme contigo.
Con tu permiso y sin él, volveré a verte y a releerte.
A veces no siento nada. A veces no palpito, no parpadeo, no respiro.
A veces el silencio me grita al oído y me martillea la cabeza.
Hay veces que hablo sola para callar los secretos que nunca contaré y que me carcomen.
Hay veces que siento mi sangre fría y mis muecas insensibles.
Y nunca hay veces en las que me desnude por completo, ni en cuerpo ni en alma.